Sigo recordando... ¡Qué tiempos aquellos!
Dentro de la guerra que sufría mi país, el Alto Perú en el año del señor de 1813 tras la derrota de Ayohuma, todo parecía perdido para nuestros Patriotas, pero con mi marido Manuel logramos organizar batallones guerrilleros que, bajo el mando del Superior del General Albares de Arenales, llevaron adelante la resistencia de aquel Alto Perú. Defendimos a sangre y fuego el avance español en la zona comprendida entre Cochabamba Norte y las Selvas de Santa Cruz de las Sierras.
El mayor de mis temores, además de haber
perdido mi hogar, eran mis hijos…era posible que en ese momento, más que la
condición de luchadora, el destino me había enfrentado a mi condición femenina
atada al instinto de protección de mis hijos, que no podían valerse por si
mismos, no solamente habíamos estado a merced del enemigo sino que, también de
los mosquitos y las fiebres palúdicas, que eran la amenaza mortal de la que no
conseguíamos librarnos en esos pantanos.
La angustia había invadido mi corazón, ya que Manuelito, el mayor de mis hijos, a pesar de que era el mas robusto, cayó preso de la violenta fiebre de la Malaria e iba desmejorando hora tras hora; no solamente me había dado cuenta de la enfermedad de Manuelito, sino que también Mariano, estaba gravemente enfermo de la misma fiebre; en cuanto a las niñas, le dije a Dionisio Quispe, el cual era el único acompañante que me quedaba, que se las lleve a un lugar seguro, hasta que sus hermanos se curen. Fue ese el momento, donde en mi mente y corazón, quedaba poco de esa jefa imbatible, y comenzaba a aflorar la madre angustiada que imploraba por la presencia de su esposo.
Entre tanto, la fuerza que necesitaba,
salía de esa pequeña voz, esa voz que me consolaba y decía: “No llores mamá,
que ya me voy a curar”, esa voz era de Manuelito; abrace su cuerpo, del cual
despedían inmensas olas de calor... él solo me preguntaba: “¿Cuándo vendrá
Tatita? Que quiero despedirme” ; fue ese momento el que no quería que llegara,
ese momento que viviría en mi mente por siempre, ese momento que aún sigo
recordando a mis 79 años…murió, murió Manuelito; pero no hubo tiempo para
lamentos, porque ahora Mariano me necesitaba... él mostraba también esta
situación desesperante y dolorosa…Nunca pensé que el mismo vientre que había
dado a luz a esas hermosas criaturas, iba a tener que hacer fuerza para cavar
sus tumbas.
En ese instante un mal presagio, me
hacía temblar, ese mismo indio al cual le confiaba plenamente mis hijas,
Mercedes y Juliana, y al cual le pedí que las llevara a un refugio, no había
regresado.
Cuando se produjo algo así como un
milagro, o por lo menos algo bueno entre tanto infortunio, escuché un ruido a
mis espaldas, había pensado que era el enemigo, pero no, estaba equivocada,
eran dos colaboradores: Manuel Ascencio y Juan Hualparrimachi, quienes al verme
con la angustia pintada en el rostro comprendieron que algo terrible había
sucedido y algo peor sucedería...
Salimos como una tromba, en busca del
refugio o lugar en donde podrían estar mis hijas; encontramos el lugar, así
como también nos encontramos con la sorpresa de que en ese mismo sitio también
se alojaban nuestros enemigos.
El indio, nos había traicionado
entregando a las niñas como rehenes, para apresarnos. De un momento a otro,
habíamos decidido descargarnos a garrotazos, hiriendo y matando a nuestros
contrincantes, sin importar nuestra propia vida, ni de lo que fuera a suceder,
solo con el fin de rescatar a mis hijas.
Entre los muertos se encontraba Dionisio
Quispe, el indio traidor; Mercedes y Juliana yacían con sus muñecas y tobillos,
atados a los barrotes de las camas.
Luego de salir de ese lugar, nosotros y
Hualparrimachi, nos alejamos con las niñas en los brazos en busca de un nuevo
refugio. En ese entonces percibimos sus cuerpos hirvientes y temblorosos, no
por temor, ya que las niñas me habían tomado como su ejemplo a seguir y eran
mas bravas que los varones… había creído que el Paludismo se había ido, pero
nuevamente estaba equivocada, se había ensañado también con ellas; fue así como
Mercedes y Juliana, los soles de nuestras vidas, también terminaron muriendo a
pesar de que intentamos ayudarlas y hacer todo esfuerzo para que sobrevivieran.
Ya, sin hogar y con el corazón roto en
cuatro pedazos por la muerte de mis cuatro hijos, solo me quedaba como
consuelo, la vida que se estaba gestando en mi vientre… ¿Cuántas vidas
inocentes debían tomarse para lograr la paz tan esperada?
O’Donnell, Mariano: “Juana Azurduy, La
Teniente Coronela. Capitulo XIV”. Buenos Aires, Argentina. 1995.
Pigna, Felipe: “Mujeres tenían que ser”. Buenos Aires. Sudamérica. 2011
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| Juana Azurduy |
http://www.forosperu.net/
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